EL ASCENSOR DE LA MEMORIA

Presentación a la novela Ocaso de las buganvillas  de Jaime Valdivieso

 

 

Por  Lilian Elphick L.

           

La novela de Jaime  llega a mis manos en pleno verano, cuando las buganvillas estallan en flores fucsias, naranjas o rosadas. Me llevo el libro a Brasil, donde paso diez días de vacaciones; lo voy leyendo de a poco: adentro del avión; después, en la playa o recostada en una hamaca que logra arrullarme y dormirme. La lectura se hace interesante e  intensa, pero a la vez el libro comienza a mancharse de bloqueadores solares y comidas típicas, se salpica de agua de mar y finalmente arriba a Chile con varios granos de arena blanquísima entre sus páginas. Lo que más me sorprende de este libro es que las buganvillas aún florecen y no hay ocaso para ellas. Dicho de otro modo, lo relevante de esta novela es el florecimiento de la memoria, es por esto que Jaime, hábilmente, juega con estos dos géneros literarios: novela y memoria (s). Prefiere novelar el inmenso trabajo de rememoración de su propia vida, y acaso ¿no todo en la vida es un poco ficción y un poco realidad?, ¿dónde están los límites?, ¿existen esos límites?

El presente nos muestra a un hombre sentado frente a la máquina de escribir que inicia el largo viaje en el ascensor del recuerdo. Recordemos que recordar es volver al corazón, en su etimología más poética. Más que nunca su pasado me parece un presente, por su viveza, por la aguda mirada del niño y luego del adolescente; desaparece el escritor y eso es uno de los aspectos esenciales de la buena literatura, de la historia que teje su red como una araña para atrapar a su víctima, el lector (a). Así como el niño lee a Salgari, Verne, El Peneca o la revista Zig-Zag con devoción y fruición y es capaz de vivir las aventuras de los piratas en esas playas tropicales como si fueran su propia verdad incuestionable, los que lean a Jaime podrán vivir a Jaime o ser Jaime. Por lo menos a mí me pasó eso: una especie de desdoblamiento a medida que leía. La creación y recreación de los mundos y sus personajes, la franqueza de sus palabras, de cada una de ellas, porque el mundo es visto por un niño y se trata de uno muy curioso, que quiere ver, oír y sentir, y que plasma sus sentimientos y su inocencia ante los hechos familiares que se despliegan como un abanico apasionado. El esplendor social de una familia “bien” que debe mantener a raya a los apestados, sean indios, chinas, institutrices alemanas, peones rebeldes; el matriarcado establecido por la abuela, las aventuras de Santiago, la tuberculosis, las peleas y los amores (sobre todo en el ascensor de los Ossa); la maravilla de leer acerca de un doctor llamado Sótero del Río, de voz grave y gran altura, que estuvo en el mismo sanatorio de Hans Castorp y la Claudia Chauchat, en esa montaña mágica que le regaló una enfermera esposa; la sorpresa de saber que realmente existió y no es sólo el nombre de un hospital o el de una calle de Santiago; los paisajes de Valparaíso, Quilpué y sus alrededores. Finalmente, el ocaso del fundo Las Acacias, el paraíso del protagonista-narrador, la decadencia de este imperio familiar, la enfermedad del padre, los sigilos y empequeñecimientos de la madre, el doble estándar. Mas lo que jamás se desvanece es precisamente el trabajo de la memoria de aquel que va hilando su historia de descentrado.

            Leamos: “…fue un año casi en blanco en mis recuerdos, compás de espera y raro paréntesis para un muchacho de mi edad, que debería estar en cualquier colegio y no con clases particulares (con la señorita Moyano) con el objeto de ingresar a otro nuevo el año siguiente. Este hecho fue mi primera conciencia de estar situado fuera del centro, al margen de los procesos habituales, segregado de las normas comunes y que, por lo tanto, acentuó mi percepción de solitario, de rara avis tanto dentro de la casa como fuera de ella.” (Pg.190).

Gracias a este niño solitario, a este sentimiento de extrañeza, el escritor se va modelando, Jaime lo sabe de sobra. Sólo se puede escribir envuelto en estas rarezas y estas percepciones de cuerda floja, como Kafka y el hombre- puente, que prefiere caer al río con sus piedras filosas ante ser punceteado por el bastón de un incrédulo. Gracias al Sr. Silva y una frase de la novela El socio, las palabras causan un impacto tan profundo que no queda otra alternativa que escribir y gozar todas las metáforas y metonimias posibles, porque no hay más latigazo que el de las mismas palabras, esos signos negros, esos insectos que se desparraman por una hoja en blanco, comiéndosela, haciéndola suya. Sin duda, un acto de magia.

Leamos de nuevo: “Pero en el caso de las palabras, no imaginé jamás, en ese momento, las consecuencias que tendría para mi vida esa frase que me abrió un universo detrás de la cotidiana realidad.” (pg.185).

Y ese universo, como él mismo lo dice, es “múltiple y equívoco”, hecho de varias realidades superpuestas, así como los niveles temporales de la novela que siempre se están superponiendo, pasados y presentes enamorados de su fugacidad, Ouroboros tragándose su propia cola en los ciclos del tiempo fracturado. Y por esa fractura escribe Jaime, algo similar a lo que Cortázar llamaba (o llama aún desde la otra orilla) el intersticio, el agujero donde todos los tiempos son posibles y donde la realidad se ensancha para otorgar una mirada, no diferente, sino otra mirada, lejana de las miradas comunes y silvestres y muy cercana a una interior y profundamente mágica. 

Celebremos entonces esta vuelta al corazón porque ahí reside, quizás sólo ahí, el poder de las palabras, y que no es sino una actividad emotiva. Aquí no hay nada construido en los laboratorios literarios, esos relatos impecablemente estructurados y siniestramente fríos, donde el oxímoron  brota solo como un renacuajo en el charco. Aquí hay tibieza y, seguramente, sangre, sudor y lágrimas. Una narración para viajar en ascensor sin esos cosquilleos en el estómago, sin esos vacíos irrecuperables. Un viaje, por supuesto, sin cargar ninguna maleta pesada.