INMOLACIÓN DE SEBASTIÁN ACEVEDO
Eduardo Llanos Melussa (Santiago, 1956)

Si Tú todo lo sabes y eres todo bondad, ¿por qué
no respondiste a Sebastián Acevedo?
Sólo quería saber en qué cárceles secretas
estaban descoyuntando o desollando a sus dos hijos.
¿Por qué dejaste que jugaran al ping-pong con ese padre,
haciéndolo rebotar y rebotar de oficina en oficina?
¿Por qué no apagaste con la ayuda del Espíritu Santo
aquel fósforo que él acercó a su ropa empapada en parafina?

Es demasiado tarde, Señor de las alturas: ya estás desahuciado
por la sombra al pulmón que contrajiste
cuando ese padre ardió en siete lenguas de fuego
para elevar hacia Ti su última plegaria.

¿Lo escuchas todavía crepitar? Acéptalo:
es un cirio en tu misa, una súplica en señales de humo
para que asomes entre nubes Tu rostro tiznado.

Señor de las alturas: la nebulosa de tu radiografía
nos encapota el cielo de este país enhollinado
y nuestras pupilas se cauterizan para siempre
ante el carbón agonizante de Sebastián Acevedo.

Que los soles de Tu ira incendien las pestañas del tirano
e interrumpan su siesta, esa siesta suya que es nuestra pesadilla.