¿QUÉ PASA CON LA IZQUIERDA?

 

Por Alejandro Lavquén

Publicado en Punto Final 610

 

La Izquierda, desde hace muchos años, se ha visto entrampada en conflictos internos que no logra solucionar de la mejor manera y en una falta de ideas y metodología para concretar objetivos, como, por ejemplo, lograr una alta filiación a los sindicatos por parte de los trabajadores. En otras palabras, no existe un trabajo de masas lo suficientemente efectivo y creíble, tanto en lo ideológico como en lo comunicacional que se refleje en los resultados de las elecciones en sus distintas instancias. Es cierto que faltan recursos, y muchos recursos, pero eso sólo es una parte del problema.

Los votantes de la Izquierda, si nos atenemos a los resultados de las últimas elecciones parlamentarias, es de un 7,38 %. Si comparamos este porcentaje con el obtenido por la Concertación (51,77) y la Derecha (38,70), la diferencia es apabullante. En las elecciones municipales –que no se rigen por el sistema binominal- el porcentaje de la Izquierda alcanzó el 10 % de la votación, pero la Concertación y la Derecha también la superan. Lo concreto es que no sólo el sistema binominal nos excluye, sino que también nuestro deficiente trabajo político en relación con las masas. Es cierto que la conciencia social del pueblo está retrasada con respecto a su existencia social, pero: ¿Qué hacemos por revertir esa situación? Todo esto se puede confirmar cuando constatamos que el voto de clase queda de manifiesto en los sectores altos, mientras que en los sectores más desposeídos es mínimo. Un problema fundamental que la Izquierda parece no asimilar en toda su dimensión, conformándose con “victorias morales”, cálculos alejados de la realidad o frases conformistas como las que expresan algunos dirigentes: “Tras estas elecciones nos consolidamos como la tercera fuerza política del país”. Pero por favor, si sólo había tres fuerzas (Alianza, Concertación y Juntos Podemos). Es hora de avanzar seriamente en la construcción de una Izquierda que realmente sea alternativa. Una Izquierda que deje atrás las rencillas internas, en cada conglomerado que la forman y en el seno de los movimientos que reúnen a estos conglomerados, que, para la fase actual, bien podría seguir siendo el Juntos Podemos. Eso hay que discutirlo, pero no podemos seguir armando y desarmando orgánicas cada vez que hay una elección. En Chile la Izquierda tiene una responsabilidad enorme, y los dirigentes y partidos que la integran deben poseer la generosidad de sobreponerse a las diferencias que los entrampan para lograr la unidad, tanto internamente en cada partido como en sus relaciones entre sí, desarrollando a la vez nuevas visiones y metodologías. Evolucionar positivamente no significa abandonar principios básicos, practicar la apostasía ni ser revisionista en el sentido peyorativo que comúnmente se da a esta palabra.

Es de vital importancia discutir los problemas esenciales que nos impiden avanzar como quisiéramos, dejar atrás las rémoras de estereotipos ajenos a nuestra idiosincrasia y construir una Izquierda que refleje nuestra identidad en sus postulados. No podemos ser refractarios ni prejuiciados con respecto a eso. Es necesario construir un movimiento de izquierda democrático y con una real ligazón con las masas, donde éstas tengan participación y poder de decisión en la planificación de tácticas y estrategias, de modo que si se llega al poder no ocurran casos de prevaricación ni se den conductas oligárquicas, como ha sido común en los movimientos sociales que acceden al poder. Discutir el porqué pasa esto es un tema que la Izquierda en Chile no debe eludir. Si no podemos sostener el gobierno de una junta de vecinos, sindicato, sociedad o gremio, evitando los abusos de poder y faltas a la probidad, menos seremos capaces de sostener un gobierno nacional.  La transparencia y la ética debe ser lo que nos diferencie de las otras alternativas políticas.