LA DEMOCRACIA

(Una breve reflexión)

Por Alejandro Lavquén

Publicado en Punto Final 611, marzo 2006

 

Si usted pregunta a cualquier persona qué es la Democracia, dudo que alguien no sepa contestar. Y si el que responde es un político, seguramente le dará una documentada perorata sobre el asunto. No hay día que no se le mencione o invoque, en la prensa, en los colegios, la televisión, los sindicatos, el deporte, etcétera, en todos los ámbitos se reclama su presencia. El concepto viene del griego, que serían los padres de la democracia, y significa “autoridad del pueblo”. O como la define el diccionario más extensamente, “Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno” o también “Predominio del pueblo en el gobierno político de una nación o país”. Y ya en un tono más popularizado sería “El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

Entonces, como puede apreciar, esta decorosa señora, para que se desenvuelva en plenitud, debe estar siempre acompañada de su inseparable “media naranja”, por decirlo de algún modo. Es decir, el Pueblo, ese al cual usted, yo, y todos, pertenecemos, incluso los parlamentarios y autoridades de gobierno, que se han encargado, proféticamente, de proclamarse voceros de la democracia. No olviden que ellos no cesan de hablar, por Ejemplo, de la “Democracia representativa”, de la cual son sus custodios. Lo que jamás mencionan es que en esas circunstancias la representan –y utilizan- sólo ellos. Pero van más allá, a sus partidos los bautizan o apellidan con su nombre. En el caso de Chile: Democracia Cristiana, Partido por la Democracia, Unión Demócrata Independiente, Partido Radical Socialdemócrata. En otros lares: Liga Democrática, Movimiento Democrático, Militares Democráticos, Partido Demócrata, etcétera. Nunca Pueblo y Democracia o algo así. La palabra pueblo no está permitida en esto. Usted, yo, y todos, estamos excluidos, salvo en la teorización y en los diccionarios, claro está. Allí todos somos iguales. Pero cuando viene la “repartija democrática” del trabajo, derecho a salud y educación, a pensiones, sueldos justos, etcétera, el asunto cambia radicalmente. Ahí dejamos de ser iguales. Y si usted protesta, la respuesta de las autoridades es tajante: “No enturbie la democracia”, “Por favor, sea demócrata y no revuelva el gallinero”, “La democracia está vigente”, “Las instituciones funcionan democráticamente”, y un sin fin de democráticas frases más. Ante tanta democracia usted se siente culpable por reclamar y se pregunta “¿No me estaré volviendo antidemócrata y no me doy cuenta?”.

La democracia sin pueblo parece ser el destino definitivo de nuestro país si no cambiamos rumbo prontamente. Chile fue fundado como república de manera oligárquica y sus partidos e instituciones han arrastrado este lastre hasta nuestros días, aunque en las apariencias parezca lo contrario. Es cierto que en el Chile de hoy usted puede opinar libremente, pero eso no significa que su opinión sea considerada en las grandes decisiones del país, cuyos resultados afectan de distinta manera a todos los chilenos. Las elites se enseñorean y disfrutan del bienestar económico y la democracia, el pueblo sólo puede observar desde su sillón frente al televisor. Una verdadera democracia va más allá de un voto el día de las elecciones, o de ser reconocido como ciudadano con todos sus derechos en la Constitución, los derechos que se expresan en las leyes deben ser refrendados en la práctica, de lo contrario no poseen ningún valor. En Chile existen varios tipos de democracia, una para las autoridades políticas, otra para los militares, para los empresarios, para el poder judicial, y la más precaria para el pueblo: la democracia del “pan y circo” en su versión tradicional y también en sus variantes de acuerdo a los avances de la globalización y las tarjetas de crédito.  

Por otro lado, somos un país incapaz de levantarse con fuerza para exigir todos sus derechos. Un país democrático dirán algunos, civilizado dirán otros, pero que en la realidad sólo exige sus “derechitos”, nada más. Y esto cuando no está preocupado de alguna trivialidad de esas que, diariamente aparecen en las portadas de la prensa ¿Será este nuestro destino final? Conformarnos tan sólo con una “democracita”, y más encima mencionada en voz baja como es la costumbre nacional. Somos un país, que si bien puede ser estable en lo macroeconómico y político, aún le falta mucho para ser un verdadero baluarte en los asuntos de la democracia.