CLARA EUGENIA RONDEROS (Colombia): Actualmente es profesora de la Universidad de Massachussets en Boston. En el 2005, recibió su doctorado en Literatura y Lingüística Hispánica de la Universidad de Massachussets en Amherst, con especialización en poesía hispánica y literatura Latinoamericana del siglo XIX. Ha sido profesora de cátedra en la Universidad de los Andes en Bogotá Colombia de donde recibió su licenciatura en Filosofía y Letras en 1992. Su cuento “Aparentemente Sí” fue publicado como finalista en el Concurso del Cuento Uniandino en 1997 y su poesía ha aparecido en revistas en los Estados Unidos. En Revista Vértebra de la Universidad Católica de Chile se publicó una selección de poemas de su libro Raíz del Silencio en el 2002. Clara Eugenia ha leído sus poemas en congresos de poesía y como parte del programa de escritores hispanos en la ciudad de Boston.

 


Sólo sueñas…

Sólo sueñas
lechera, con cerdos y carneros
y rueda leche por piedras.
Se cuela en las hendijas crema lívida.
Mítica tropa que flotó
sobre interminable diluvio
-multiplicada riqueza de Petra-
un nada líquido que corre
blanqueando apenas la calle desierta.

Nunca productiva tu fantasía.
Ríe de ti quien cuenta los billetes
de marrano en feria;
de cantina cuajada en luna blanca.

Lechera, tu mito se reproduce en parejas
en familias enteras de palabras
en fantástico patrimonio
que contradice
mil y mil veces la fábula
que te condena.

El cántaro se ha roto.
De la fuente a la casa
De la casa a la fuente
Se ha topado por fin con la piedra
En el camino, con la rama
Atravesada en zancadilla.
Sobre la leche derramada
Llora la niña.
Intenta juntar pedazos
En círculo vacío.
¡En vano!
Líquido es el dolor regado
Y el rojo que salta en las astillas.
Nada lo puede remendar
Nada pegar en pleno contenido.
Cántaro roto de tánto y tánto que la fuente
lo llamaba.

Ha llegado mayo
hasta este rincón del jardín.
Sólo una rama florecida
triunfa sobre la escarcha,
sólo un pájaro en esa rama obstinada.
Mayo con su brisa y su sol
elude el resto de mi jardín helado;
su voz alegre se pierde en el eco glacial
de rugidos de viento salpicado de blanco.
Ha llegado mayo.
Esperado en días de gris profundo,
en noches que se extendían a sus anchas.

Mayor silencio en ese pájaro sólo, mayor frío
cuando la rama llamea desde el rincón.
Irrumpe su alegría imprudente en el jardín
de egoísmo gigante adonde vivo abandonada
del completo incendio y el bullicio
de primaveras de verdad.

Ya casi llegaba a la línea.
Por un camino extraño a esa meta
Que cientos de tortugas habían alcanzado en carreras aburridísimas.
Despistada. A brincos.
Libre liebre sin librea ni corbatín,
Sin cómoda coraza a cuestas que previniera golpes.
Así de salto en salto, de siesta en siesta se le atravesaba ahora esa raya.
Negra, sólida, distante hasta ahora. Como un palote del que salta de repente la letra.
Así la liebre en descabellado recorrer encuentra una marca
Que le indica fin de algo. Algo nuevo comienza aquí y ya llegaste tarde.
¿Tarde pregunta la liebre? ¿En cuál reloj?
Cientos de tortugas la miran desde el otro lado sin comprender sus preguntas.

 


Epitafio para la mujer de Lot

Dio vuelta a la cabeza
Para mirar lo que dejaba
y la sal se hizo piedra en su cintura
y el paso detenido de su pie,
suspendida proyección de nitro y de ceniza.

La lluvia sobre la estatua
suda y llora sal
y en la casa vacía
el rescoldo se apaga
esperando su llegada.

 


Dafne

Así me pasaba yo los días
pensando en lo que debiera pasar
lo que pudiera, lo que siempre se supo que sería
y no fue.
Así las horas contemplando desde una ventana
el mundo que soñaba recorrer.
Cruzadas las piernas, los brazos cruzados,
los ojos atentos al ir y venir de los demás.
Y yo, sentada, mirando, escuchando, pensando tal vez.
Mosca en telaraña,
Cometa sin cola, ni pita,
en la rama.
A todos los veía salir y a todos les decía que adiós,
que ya los alcanzo, que ahora voy, que ya casi...
pero seguía de piernas y brazos en nudo
de boca con trozo de fruto atorado
con manos de pato, de rana, de pez.
Ahora me pongo a pensar
desde cuándo dejé que se fueran
y no dije siquiera un adiós, ni hasta pronto, ni nada.
Desde cuándo raíces se fueron hundiendo
y brazos cargados de hojas viajaron
su propia distancia del tronco.
Desde cuando la curva de sus movimientos se quedó fijada
y los que me ven sólo buscan la sombra o el fuego,
o el fruto que nunca cuajó.