SUBEN BANDERA

Por Alejandro Lavquén

(Publicado en la Revista de Libros de El Mercurio/ junio 25/ 2004)

Este año —nuevamente— corresponde que sea otorgado el Premio Nacional de Literatura, un galardón rodeado de polémica a lo largo de su historia. Y aunque aún falta tiempo para su entrega ya surgen candidatos y comentarios en la prensa especializada. Como diría un hípico: ‘‘Subieron bandera’’. Los últimos dos premios han sido bastante controvertidos, a uno (Raúl Zurita) se le cuestionó su cercanía con el poder concertacionista y al segundo (Volodia Teitelboim) —que según el artículo de Luis López-Aliaga publicado la semana pasada, sólo escribe ‘‘pedazos de hormigón cincelados con las toscas herramientas del realismo socialista’’— se le acusó de todo un poco. Comentarios como éste sólo farandulizan el debate en torno al premio, que debería ser más serio y argumentado. Tanto Zurita como Teitelboim, independientemente de los gustos o preferencias de cada uno de nosotros, tienen obras importantes, que además han provocado impacto social en lectores y escritores. Desconocer eso es tan absurdo y mezquino como que un intelectual ateo desconozca los maravillosos poemas en honor a los dioses cantados por los pueblos precolombinos. Respecto a la politización del premio, es evidente que existe algo de eso. Muchos escritores de talento innegable han sufrido la marginación por razones políticas. A otros, esas mismas razones los han beneficiado y canonizado. El tema de la relación literatura-política es de nunca acabar. Ahora, si de esta situación resulta premiado un escritor que sí posee méritos reales, no veo el problema. Lo horroroso es cuando se premia a escritores mediocres o sencillamente malos.

Lo que llama la atención en esta oportunidad es el afán por centrar el debate en si se dará el premio a una mujer, producto de que hace demasiados años eso no sucede. Esto no es un problema de género, es un asunto de tener una obra literaria de calidad. Si mañana y durante cinco años fuesen mujeres los más altos valores literarios de nuestro país, bienvenido sería que ellas reinaran durante esos cinco años. Por otro lado, está aquella ley no escrita de la alternancia entre poetas y narradores. Otro desatino que nada tiene que ver con la literatura. Si durante décadas no surgieran narradores de valía, y sí poetas, entonces sólo debe premiarse a los poetas. Lo mismo si sucediera al revés. O si primaran los dramaturgos o ensayistas. Esto es serio, no lo otro, que más tiene que ver con un consenso adocenado, tan peculiar del carácter de los chilenos al emitir un juicio.

En cuanto al premio mismo, no es claro si se otorga por la calidad de la obra o por una trayectoria literaria. A mi entender, como se trata de un Premio Nacional de Literatura, debería otorgarse por la calidad de una obra literaria. Si quieren premiar la trayectoria que se cree un premio a la trayectoria, pero no confundamos lluvia con rocío. Además el premio debería ser anual, como lo fue durante años desde su creación y no cada dos años. También la constitución del jurado debiera ser distinta. La designación de los actuales miembros obedece a cuestiones de orden político-administrativo-burocrático. Una reforma en ese sentido es muy necesaria y en el debate sobre ella deben participar todos los actores literarios del territorio nacional: escritores, críticos, académicos...

Pero vamos al premio 2004, donde todo indica que será un poeta el favorecido. Los nombres sobre la mesa son varios según adelanta la prensa: ‘‘Armando Uribe, Óscar Hahn, Efraín Barquero, Manuel Silva Acevedo, Gonzalo Millán, Delia Domínguez e incluso Maquieira’’. También se cuela silencioso el nombre de David Rosenmann-Taub. ¿Pero no hay más poetas con merecimientos en Chile? Pienso que además de estos respetables vates existen muchos otros que tienen una obra meritoria e importante. Lamentablemente existe la costumbre por parte de los siempre-mismos ‘‘expertos’’ académicos y críticos, ligados a universidades, fundaciones, ateneos y academias —dueños de lanzar los nombres de los candidatos—, de no ver más allá de su centralizado y miope mundo conservador que sobrevalora a algunos escritores pertenecientes a la Academia de la Lengua, al Ateneo de Santiago o relacionados con fundaciones o talleres institucionalizados, por sobre otros con los mismos o quizá mejores méritos. Para desentrañar esto los medios de comunicación pertinentes debieran ampliar el debate sobre el tema. ¿Habrán leído los ‘‘expertos’’ a los poetas José Ángel Cuevas, Pavel Oyarzún, Elicura Chihuailaf, Stella Díaz Varín o Isabel Gómez? Y qué dicen de Patricio Manns, autor del Memorial de Bonampak, cuyos poemas musicalizados han repercutido en Latinoamérica tanto por su altura poética como por el reconocimiento masivo de su obra. La poesía es Canto y Flor.

En fin, la bandera está en lo alto, hagan sus apuestas.