EN TANTO UN VIERNES EN LA CIUDAD.
LA MÚSICA DE ALEJANDRO ESPINOZA VELASCO

Por Pavella Coppola Palacios

Se nos ha dicho que la música y la poesía son territorios nuestros; algo así como sustentar la identidad de nuestro terruño a partir de la agilidad y creación poética que resultan propios; reconocerse de este país parece constituirse desde la música, desde la poesía. No sabemos, si a estas alturas, el asunto es un mito fundado o parte de nuestra folclórica manera de auto proyectarnos, de concebirnos. Lo que sea. Nos interesa, más allá del mito y la auto justificación, comprender que la creatividad y el dominio de ella es asunto connatural del ser humano. Y en ese sentido, tenemos mucho que mostrar, mucho que decir, milagrosamente muchísimo que anticipar en el recorrido de la obra musical que nos circunda.

Alejandro Espinoza Velasco es uno más en la lista que acredita y sustenta el mito, esto de ser chileno y ser poeta. El ser uno más correspondería, ante la creación de este músico autodidacta, necesariamente, a seguir en la lógica del rebaño. No obstante, todo rebaño se constituye de especies de todo tipo. Por lo mismo ya no se está ante el rebaño, sino ante particularidades, ante sustancias propias que se distinguen una a una. Que son ante lo definitivamente esencial.

¿Qué hay entonces, de propio en este cantautor? ¿Qué lo hace propio y de voz matizada? A Modo de síntesis, encontramos un letrista, un guionista de la palabra musicalizada. Sus recorridos metafóricos incluyen lo cotidiano como vivencia de lo real, de lo social, de lo testimonial, de lo humanamente débil que nos enriquece:

Deja el reglamento encima de las facturas /y vente a volar conmigo en esta luna,/ nos declara en su canción Viernes en la Ciudad. Pero su arqueología de la palabra excava más allá de lo contingentemente humorístico. Así en Dos Mujeres, recorremos un monumento de lo usual femenino; ese recorrido único que hacen las mujeres al hacerse cargo de una docena de mocosos felices enrostrándole a la hambruna la cara del sol, de la fuerza, de la resistencia ante la adversidad. Este monumento musical es la acreditación de lo femenino en su capacidad económica, vale decir en la capacidad honesta que tiene el útero de mantener viva la especie aunque le cuelguen pesadas cargas a la rastra. Leamos: Dos mujeres / doce primos / que se cuiden los caminos. /Vamos a Cartagena / tomate con arena, / vamos al Trapiche, / vamos a ser felices. Del Cajòn del Maipo/ huevos duros traigo/ un melón con vino/ blanco es el camino.

Lo importante aquí, es el acto de hacer poesía desde lo femenino con voz masculina, con el acierto que tiene el creador musical de no instalar el acto amoroso meramente en lo erótico, ya archi sabido, sino en el vínculo de lo cotidiano con la olla. La mirada masculina se vuelve femenina porque se reconoce a sí misma como un parido. Se reconoce en tanto especie y trasciende la fragmentación sexista que ha deshumanizado el encuentro de la mujer y el hombre.

Nuestro músico, Alejandro Espinoza Velasco, constituye así una de las voces más sinceras de las letras y música de nuestro país. Pareciera ser asombroso, pero es verdad que esperamos -ya con urgencia -su disco- grabación para disfrutar de la visión que lo hace diferente en el precioso rebaño de la música y la poesía.

¡Adelante, entonces, amigo!