(CRÓNICA PARA UNA REEDICIÓN: "CHILE A LA VISTA", DE EDUARDO BLANCO-AMOR; Editorial Galaxia, junio 2003)

AMOR A PRIMERA VISTA

Por Edmundo Moure

A comienzos de agosto de 1948, el poeta, orador y novelista gallego, Eduardo Blanco-Amor, llegaba por primera vez a Chile, procedente de la Argentina, invitado a la boda de la hija mayor del entonces Presidente de la República, Gabriel González Videla, con Alfonso Campos Menéndez. Además, iba a cumplir el encargo de escribir una docena de crónicas sobre el "país trasandino", encomendadas por el diario "La Nación" de Buenos Aires, donde Blanco-Amor colaboraba con artículos literarios. Llegaba precedido de justa fama luego de la aparición, en la capital argentina, de su novela "La Catedral y el Niño", que le procurara premios y elogios de la crítica bonaerense.

Eduardo Blanco-Amor nació en el año 1897, en la ciudad de Orense, en la "Galicia profunda", hijo de familia de hidalgos empobrecidos. Luego de una infancia dramática le tocó enfrentar las vicisitudes de agitada e incierta juventud, lo que le llevaría a emigrar a la Argentina, en 1918, escapando del servicio militar obligatorio en España. En Buenos Aires desempeñó diversos oficios, siempre buscando aquellas ocupaciones que le ligaran al mundo de la cultura, donde destacaría como escritor y orador autodidacta, forjado en la soledad de interminables lecturas. En 1930 regresa a España y a su amada Galicia. En 1933 conoce, en Santiago de Compostela, a Federico García Lorca, a quien le unirá estrecha amistad. El insigne poeta granadino iba a escribir sus célebres "Seis Poemas Gallegos", en lengua gallega y con la ayuda gramatical y lírica de Blanco-Amor, quien regresará a Buenos Aires en 1935. Diez años más tarde conocería a los hermanos Campos Menéndez, hijos de familia de hacendados chileno-argentinos en la Patagonia. A instancias del padre de éstos, les daría clases de oratoria y literatura, en especial a Enrique, futuro Premio Nacional en Chile (1986). El maestro se hizo amigo entrañable de sus dos discípulos. Alfonso se sentiría honrado de invitarle a su boda.

Blanco-Amor prolongó su estada en Chile por más de un año. Escribió los artículos solicitados por "La Nación" bonaerense y escribió en Santiago un conjunto de sabrosas crónicas que fueron publicadas en el diario "La Hora", órgano de prensa del entonces poderoso Partido Radical. En 1950, aconsejado por el prestigioso crítico Alone, con quien trabó duraderos lazos de amistad, reuniría los textos publicados bajo el título de "Chile a la Vista", para integrar un libro bajo el sello de Editorial del Pacífico (mayo de 1951), obra que dedica a su amigo Alone.

Sí, su cariño por Chile iba a ser un "amor a primera vista", y más que eso, un virtual encantamiento que renovaría a lo largo y ancho del país, en morosos viajes, con la mirada alerta y el corazón dispuesto a conocerlo, a disfrutar de sus gentes y paisajes. Además –y esto si que es poco usual- con el beneplácito de sus pares literarios: Augusto D’Halmar, Fernando Santiván, Ricardo Latcham, Eduardo Barrios y el propio Hernán Díaz Arrieta, y con el apoyo del gobierno chileno, a partir del Presidente González Videla, quien le honraría con la Medalla al Mérito Bernardo O’Higgins. En Valparaíso y Viña del Mar dictó conferencias, impartió cursos a oficiales de la Armada Chilena, frecuentó los salones de una burguesía culta; aviones de la Fuerza Aérea le llevaron al sur y al norte del territorio; recorrió Chiloé, escribiendo de esa "Nueva Galicia" crónicas bellísimas, como lo fueron también las dedicadas a Valparaíso, una de sus predilectas ciudades en la loca geografía de Chile. Le fascinó la capital, nuestro Santiago del Nuevo Extremo, y la recorrió de punta a cabo junto a otro gallego enamorado de Chile; nos referimos al periodista coruñés, el exiliado republicano Ramón Suárez Picallo, inagotable cronista del diario "La Hora", que nos dejó su polifacética columna "La Feria del Mundo", con cerca de un millar de artículos que hoy ha recuperado, para editarlos, el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Chile, por iniciativa de su directora, Carmen Norambuena Carrasco, doctora en Historia y experta en el tema de las migraciones, especialmente las hispanas y gallega.

No sólo en su crónicas, sino en cada ocasión que se le presentara, Eduardo Blanco-Amor elogiaría a Chile sin ambages, aunque ello iba a acarrearle incomprensiones y envidias de sus pares literarios de la Argentina y entre sus paisanos de las agrupaciones gallegas de Buenos Aires. Así lo expresa y reitera en una de sus últimas entrevistas, hecha por José Luis Gavilanes Laso, el 10 de febrero de 1978, en el Hotel Condal, de Salamanca, a un año de su muerte, que ocurriría a fines de noviembre de 1979, en la ciudad de Vigo, al cumplir los ochenta y dos años de edad. Dice Blanco-Amor:

"... Ayudé a organizar la Federación de Sociedades Gallegas, que comprendía catorce agrupaciones con miles de socios muy politizados; fundé su periódico, lo dirigí catorce años gratis. Todo esto a ellos (colegas escritores) les parecía perder el tiempo –y en cierto modo es verdad- ... Pero no participé en la vida de ellos. Se indignaban de que apareciera un título tras otro y tras otro que no tenían nada que ver con la vida intelectual que yo llevaba allí. Y lo que les indignó mucho fue mi libro titulado Chile a la vista, que es un libro crucial en mi estilo prosista en castellano, pues salió de la sorpresa, de la fulguración que me produjo este país en el que yo no había estado nunca, y me produjo un deslumbramiento que la Argentina no me podía producir, porque ésta era una serie de imágenes que se habían ido sedimentando..."

Esas imágenes, bajo la maestría de la prosa de Blanco-Amor, articularían un bello libro, curioso, único, que al cabo de medio siglo no ha perdido frescura ni vigencia. Al contrario, el lector chileno podrá sentirse muchas veces interpretado en sus páginas, apreciando visiones certeras y amorosas de nuestra geografía humana y física, de los variados y sorprendentes paisajes de Chile que el ojo avizor del orensano parece redescubrir para nosotros, a menudo renuentes a ver, sentir, palpar y escuchar nuestro propio entorno en su fascinante calidoscopio de formas y colores.

Cincuenta años después, como una tarea del Programa de Estudios Gallegos del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, bajo la inquieta batuta de Carmen Norambuena, nos dimos a la tarea de recuperar del olvido todas las crónicas escritas por Eduardo Blanco-Amor en Chile, incluyendo aquellas que el cronista omitiera en la primera selección, para ofrecer a los lectores de Galicia y de Chile el agudo testimonio de sus páginas. Fruto de este empeño, la Editorial Galaxia, una de las más importantes de Galicia, con el patrocinio del Consello da Cultura Galega, ha llevado a cabo esta reedición 2003, con un pórtico del escritor chileno Hernán Ortega y el trabajo introductorio y analítico de Edmundo Moure, ambos escritos en lengua gallega. No obstante, las crónicas reaparecen en su lengua original, el castellano que Eduardo Blanco-Amor dominaba con destreza, tal como su idioma nutricio, el gallego.

Ahora, corresponde el turno a los escritos de otro enamorado de Chile, crónicas que aún no conocen el formato más perdurable y menos volandero del libro. Nos referimos a "La Feria del Mundo", ese abigarrado conjunto de los más diversos temas que el hijo de Sada, Ramón Suárez Picallo, vertiera a lo largo de quince años en "La Hora", "La Opinión" y "El Sur", en su periplo chileno, desde finales de 1940 hasta principios de 1956... Recordamos aquí su encomio a Blanco-Amor, cuando ambos dialogaban, sentados en un banco de la Plaza de Armas de Santiago: "Eduardo, como yo, aprenderás a amar a este país..."