M A C H U C A

Por Edmundo Moure

Según nos cuenta el anónimo cronista y aedo que narra las peripecias de Mío Cid Campeador, el apellido Machuca nace luego de una memorable batalla, en la que un castellano, de duro brazo y pétrea mollera, las emprende a mazazos contra las huestes moras, descalabrando a una veintena de hijos de Alá, merced a lo que recibe el alcume de "Machuca", dando así origen a una extensa progenie que se repartió en tierras sudamericanas, especialmente en la Capitanía General de Chile. Los honores guerreros alcanzados en las ásperas mesetas de la España "matadora" no alcanzaron a investir al patronímico de noble prosapia escuderil; Machuca se hizo plebeyo en las inesperadas genealogías del mestizaje… Y constituirá aquí, junto a otros apellidos menos afortunados en gules y burelas, sinónimo de trazas populares, proclive a infligirle el chileno apelativo de "roto", individuo del pueblo, picaresco, simpático, detestable o simple paria, según sea la circunstancia ocasional, lo que vale también para nuestro popular "huevón"…

Un hábil cineasta chileno creó un personaje memorable: Pedro Machuca, muchacho de trece abriles, para urdir una historia dramática y estremecedora, desarrollada desde los meses previos al golpe militar de 1973 hasta los momentos culminantes de la brutal asonada. Este preadolescente participa en el efímero intento de un sacerdote -director del colegio Saint Patrick, en Santiago de Chile- por integrar niños y jóvenes de baja extracción social en un ambicioso proyecto educativo inspirado en ideas socialcristianas, en medio del torbellino de la lucha de clases que se viviera en Chile durante los mil días del Gobierno de Salvador Allende.

Pedro Machuca comparte la curiosa y fallida experiencia junto a un compañero de aula que será su mejor amigo, de nombre Gonzalo, proveniente de familia de clase media chilena, cuyo padre es funcionario internacional, y cuya madre, arribista y trepadora, se adscribe a los grupos reaccionarios que iban a derribar, en un baño de sangre, al legítimo régimen socialista, triunfador en las urnas electorales pero no en los siniestros cenáculos del verdadero poder. Una quinceañera prima de Machuca completa el notable trío juvenil para convertirse en símbolo femenino de la tragedia.

Machuca es, sin duda, uno de los mejores filmes producidos por el modesto cine chileno, carente de recursos, ¡ay!, como casi todas las actividades culturales en este patio trasero del Empire… Si una buena imagen vale por cien palabras, Machuca nos regala una sucesión extraordinaria de metáforas visuales, de gritos, cantos, ruegos, imprecaciones, de innúmeras tonalidades que van tejiéndose sutilmente para llevarnos a ese clímax que nos conmueve, sobre todo a quienes vivimos en plena madurez los aciagos sucesos, entre rabia y melancolía, entre frustración y esperanza… No obstante, primará lo poético por encima de cualquier amago panfletario; crecerán la ternura, la solidaridad entre amigos, aun en medio del odio desatado por los asoballadores de siempre, al servicio del becerro de oro y de espurios intereses foráneos, los mismos que hoy imperan, sin contrapeso, en la "aldea global"… Así, Pedro y Gonzalo se intentarán hacer suyos los móviles más nobles de la condición humana, aunque el peso de las estructuras sociales termine por imponer sus leyes inexorables, según un decir muy criollo de la madre de Gonzalo ante los intentos del sacerdote por encauzarles en cristiana senda comunitaria: "Para qué mezclar peras con manzanas…"

Machuca es también alegoría del derrumbe de uno de los últimos sueños utópicos del socialismo. Por ello, la nostalgia que nos provoca el film se vuelve doblemente dolorosa, pues lleva la triste constatación del fracaso (¿temporal?) de las ideologías sustentadas en el humanismo y de la vigencia atroz, a escala planetaria, de un solo sistema que parece degradar al hombre, transformándolo en cifras estadísticas al uso y abuso de las grandes corporaciones que hoy gobiernan los estados y los pueblos.

El arte del cine puede servir hoy, al menos, como la buena literatura, de catarsis y conjuro para las culpas sociales, sean éstas individuales o colectivas. Lo hemos constatado con el modesto apellido que tiene ya mil años de historia y que aún puede golpearnos la conciencia como lo hiciera antaño con los yelmos del moro en las tierras polvorientas del Cid.