LA CRÍTICA CHILENA ACTUAL: ELPANORAMA ANTE NOSOTROS

Por José Ignacio Silva

Siguiendo los lineamientos planteados por el documento de Libros & Lectores, "Veinte años de crítica literaria en Chile" será como se responderá a la pregunta que motiva este trabajo.

En primero lugar no es fácil hacerse cargo acerca de la pregunta del balance del estado de la crítica chilena actual, por razones cronológicas. El acercamiento a la crítica literaria por parte de quien escribe estas líneas se produjo, por cuestiones de edad, de forma posterior al regreso a la democracia, y por supuesto aún más posterior a los años de la dictadura. Sin embargo, por todas las referencias a la historia del período, además de aquellas entregadas por los distintos documentos tratados en el curso, es posible suscribir postulados en las diversas opiniones de Libros & Lectores.

El 11 de septiembre de 1973 y los 17 años posteriores fueron nefastos para toda actividad cultural e intelectual, y por supuesto influyó en la crítica literaria. La actividad se resintió bastante, y en un plano más hipotético, no deja de ser interesante el pensar qué hubiera pasado si es que el golpe no se hubiera producido, si es que no se hubiera amordazado la cultura. Si esos 17 años no se hubieran perdido, otro gallo nos cantaría.

Tras el silenciamiento y la falta de libertad necesaria para el trabajo intelectual y crítico, el regreso a la democracia encuentra a la crítica con la figura dominante en el plano de la crítica de Ignacio Valente, nom de plume de José Miguel Ibáñez Langlois. Es el sacerdote el crítico único al que se hace referencia en el balance de Libros & Lectores. Asimismo la predominancia en cuanto a publicaciones la tenía en ese entonces la Revista de Libros del diario El Mercurio. Es precisamente mediante esta publicación como quien escribe se ha acercado por primera vez a la crítica literaria, de la misma forma en que se acercó a la crítica Roberto Contreras. Mis primeros recuerdos (adoptando la primera persona y también la modalidad de remembranza de Contreras) tienen relación con un artículo referente a la Generación del 98. Seguramente las fechas en que se produjeron estos acercamientos coincidían con algún aniversario o efeméride relacionada con aquella generación literaria española. Pero un encuentro más serio con la crítica se dio mucho tiempo después, precisamente en el presente año 2003, donde se ampliaron los horizontes lectores y empecé a acercarme a otras fuentes de crítica, además de la Revista de Libros, todo esto con la honrosa excepción de la revista Rocinante, y especialmente a la crítica practicada por Patricia Espinosa. Esta lectura particular marca una diferencia con las lecturas mercuriales, pues ciertamente su enfoque era distinto, tanto así que el suplemento mercurial (que sale los sábados y no los domingos como cree Roberto Contreras) empezó a tomar un talante reseñístico, ergo algo tibio, ante la crítica que ejercía Patricia Espinosa, más aguda, densa, categórica.

Vuelvo a los recuerdos de este año, donde los horizontes críticos de quien escribir se ampliaron. Esto sucedió directamente por el Taller de Crítica literaria, marco en el cual se sitúa este trabajo. Esta instancia, como se lo propuso en un principio, ha logrado un acercamiento a la crítica literaria que hoy se ve en diversos medios de comunicación, con particular atención en el prolífico semillero que fue el Taller de Crítica Mariano Aguirre, desde donde han salido varios críticos que poseen presencia crítica en el concierto mediático, a saber Álvaro Bisama, Roberto Contreras, y dos personas directamente relacionadas con este trabajo, Alejandro Zambra y Francisca Lange, titulares del taller de crítica de la Universidad Diego Portales, más modesto, a mi parecer, que el Mariano Aguirre, de la U. de Chile.

Recuerdos y comentarios aparte, además de los antedichos críticos, a los que se suman la lectura de los trabajos de Camilo Marks (hoy en la Revista de Libros), de Marco Antonio Coloma, entre otros. Ellos han constituido el acercamiento que he tenido a la crítica.

Pero dejemos lo anterior para referirse a un asunto que se trata en muchos documentos referentes a la crítica. Esto es específicamente si es que esta disciplina existe. Los más pesimistas dicen que la crítica chilena no existe, como Marcelo Maturana, que no le reconoce existencia como género independiente. Respondiendo a esta cuestión, la crítica literaria en Chile existe, el trabajo de aquellos que se desenvuelven en la prensa, así como el de los que desarrollan su cometido en la universidad, dan cuenta de que la actividad crítica en Chile al menos está en movimiento.

Sobre la comparación entre la crítica periodística y la académica esta ya fue consignada en el trabajo anterior del curso, acerca de las funciones de la crítica literaria. En esta oportunidad hay que volver a mencionar que ambas modalidades no son comparables, no por ser una mejor que la otra, sino que simplemente son distintas, y por ser distintas tienen distintas funciones. La crítica periodística no puede pretender abarcar el mismo rango que abarca la crítica académica, y viceversa. Me atrevo a pensar que nadie pretende esto, pero igualmente se compara y se valora. Pero esta valoración es inválida, pues la crítica mediática es un producto periodístico, pues responde a criterios relacionados con los elementos de la noticia, o al menos con algunos de ellos. Principalmente lo que se valora en la crítica periodística es el elemento de actualidad, el elemento de contingencia, que la crítica sea noticia fresca para que merezca ocupar espacio en las páginas de los diarios, junto con la crónica roja, a cartelera de cines o el programa de las carreras del día en el Club Hípico. Este factor estriba en el hecho de que la crítica trata acerca de las novedades del mercado editorial, y a su vez ser una guía para el lector acerca de qué elegir. El crítico debe guiar, y esclarecer si aquello que está llenando las vitrinas de las librerías es bueno o malo, o si vale la pena que se invierta dinero en él, tal como se podría invertir dinero en una entrada al cine, o en una comida en un restaurante novedoso.

La crítica académica cumple otra función. Está desembarazada de cualquier viso de coyuntura o de noticia, y el tratamiento de lo literario es distinto, mucho más profundo, concienzudo, técnico si se quiere, pero no tendrá como fin orientar al ciudadano común respecto de una obra o autor. Será el pilar, eso sí, de los estudios literarios en profundidad, en el tratado penetrante. Ha de quedar claro: una no es mejor que la otra, simplemente son distintas, lo que no quita que un académico llegue al rigor exacto de unos pocos centímetros o cientos de palabras, y el crítico de diario, si posee la capacidad necesaria, puede internarse en el trabajo más extenso y lato de la academia.

La relación de ambas críticas se puede dar en que comparten un mismo objeto de estudio, es decir, la literatura. Lo abordan de formas diversas, eso sí. Pero si de identificar nexos se trata, éste es la literatura. Tratar de meter ambas críticas en el mismo saco simplemente no corresponde, sino que hay que dejar que ambas sigan fluyendo por los cauces correspondientes: la prensa y las publicaciones especializadas.

Talleres como el Mariano Aguirre de la Universidad de Chile son el testimonio fehaciente de que una nueva generación de críticos ha surgido. Es el ejemplo más visible, y el más presente. Hay más de una referencia a esta instancia en Libros & Lectores, donde se identifican con nombre y apellido a los miembros de una nueva camada de críticos literarios, camada en que además se encuentran Alejandro Zambra y Francisca Lange. La mención es justa, pues ellos han sentado presencia en medios y han hecho escuchar su voz crítica, no solamente en medios impresos, sino también en el ciberespacio, pues la reproducción de las críticas es mucho más fácil dadas las características del sistema. Pro medio de cualquier buscador de internet es posible acceder a varias críticas (que además se archivan automáticamente, pues los buscadores las incluyen en sus bases de datos). Además la labor crítica se realiza en medios independientes, en revistas literarias más modestas que las publicaciones ligadas a los grandes consorcios de prensa chilenos. Pero la presencia está, surgiendo bajo el alero de críticos más experimentados como Bernardo Subercaseaux y Patricia Espinosa, en el caso del mentado taller de la Casa de Bello.

Están las personas, por lo tanto existen los depositarios de la responsabilidad de ser la nueva cara de la crítica literaria en el futuro. La presencia además de juventud en diversos talleres aparte del antedicho Mariano Aguirre, jóvenes aficionados a la literatura que escriben sobre literatura son también un signo de que un recambio generacional es posible, y más aún, la nueva camada crítica está presente y está hablando. Álvaro Bisama señala que "cuatro o cinco voces nuevas no son una generación", hay que contar a las voces que no pertenecen al taller Mariano Aguirre, que si bien es un criadero potente, feliz y efectivo, con impronta académica, no es la única fuente, y a los cuatro o cinco, podemos sumar unos cuantos más, lo que permitiría que la cosa generacional vaya tomando un poco más de consistencia.

Los textos de estos nuevos críticos son parte importante a considerar a la hora de evaluar el momento de la crítica literaria, a lo que se suma, naturalmente, la labor de los críticos más experimentados. La lectura de ambos tipos de crítica, si bien poseen estilos diversos, tienen puntos en común, propósitos compartidos, como pueden ser el afán de desentrañar el fondo de la obra, tratar de leer o decodificar lo que motiva la obra. El deseo de situar el contexto de determinada obra, compararla con la producción anterior del autor, investigar sus resonancias en el campo de la literatura, son también criterios compartidos, y por supuesto, medular en la crítica es el entregar una valoración de la obra entregada. Son criterios algo básicos, pero que indican cosas claras, la primera es que la crítica chilena existe, no está muerta, o no hay que poner cara de "¿de qué me están hablando?" cuando se hace mención de la crítica chilena, y de su futuro. Ahora, es imposible no concordar cuando se menciona que hay escasez de espacios en los cuales ejercer esta crítica literaria. Los medios de comunicación de masas, la prensa escrita dedica menos espacio que el deseado a la cultura, y en los cuales la crítica ocupa un lugar aún menor. Mayor predominancia tienen las noticias culturales, lo informativo tiene preeminencia por sobre el género de la opinión. Periodísticamente hablando es imposible equiparar la nota informativa con la columna de opinión o crítica, pues corresponden a géneros distintos, lo que no aminora el deseo de que el espacio disponible para crítica crezca. Esta cuestión, como señala Marco Antonio Coloma, no tiene mucho que ver con la presencia o no de dictadura, pues el problema se mantuvo aún en los años de la democracia y pervive hasta hoy. Ciertamente que un fortalecimiento y una expansión del ámbito medial independiente sería muy beneficioso para la crítica literaria criolla, pues no haría más que abrir los horizontes y habilitar lugares para que las voces críticas postergadas se expresen, y se cumplirían los deseos de Marcela Prado de contar con un circuito crítico editorial, lo que repercutiría no solamente de forma positiva en la crítica, sino en el ámbito cultural en su conjunto.

Persisten quizás los vicios que eran apuntados en los textos, especialmente el amiguismo, la solapa por encargo, elogiosa, generosa, engañosa. La labor de los críticos nuevos es, por supuesto no caer en estos errores, lo que se puede ver en la lectura del trabajo de los críticos más nuevos, que –en apariencia al menos- parecen "no casarse con nadie", y justificar sus juicios, ya sean laudatorios o bien negativos. Da la impresión de que la nueva crítica no se dejaría engañar, no se dejará pasar gato por liebre, ni tampoco permitirá que se lo pasen al público lector, que en estos tiempos más bien se debería llamar público consumidor o comprador.

El análisis del momento de la crítica literaria chilena arroja, a mi juicio, un balance positivo. Al revés de como genialmente escribió Jorge Manrique en sus coplas, hoy son mejores los tiempos que ayer, es indudable que en democracia, y en un ambiente donde la libertad de expresión esté, al menos en el papel, garantizada, es una evidente mejoría. Ahora, más acá en el tiempo, el balance es positivo básicamente por la presencia en el ambiente de la palabra de jóvenes críticos que dan cuenta, en su mayoría, una sabiduría literaria, un entusiasmo lector y un genuino deseo de generar una masa crítica. Podríamos resumir estos felices afanes en uno solo: en el deseo de conocer y desentrañar lo que se escribe, lo que se está produciendo, denunciar lo descartable y a la vez celebrar sin fanatismos lo valioso.

Para utilizar un lema del gobierno pinochetista, en cuanto a crítica literaria hoy estamos bien, y mañana mejor.