ANDRÉS MORALES (Santiago, 1962): Poeta. Licenciado en Literatura y Doctor en Filosofía. Ha publicado once libros de poesía, entre ellos “Por ínsulas extrañas” (1982); “Lázaro siempre llora” (1985); “Ejercicio del decir” (1989); “Vicio de belleza” (1992); “Escenas del derrumbe de Occidente” (1998); “Réquiem” (2001); "Memoria muerta" (2003). Su obra ha sido traducida a varios idiomas e incluida en numerosas antologías. También ha recibido varios premios y becas y ha incursionado en el ensayo y la crítica con varias publicaciones.

 

XVII

SOY EL LÁZARO QUE AL FIN HALLÓ TU FRENTE
Soy la patria desde el sol que no me mira

Me levanto desde el norte hasta la sombra
que agita cementerios y planetas
me arrepiento de vivirme sin tenerte
desde el día que miré mi espejo roto

(Mi Dios ya no podrá soñar conmigo
mi voz descubre el mar y todo el mundo
Con mi nombre se construye cada estrella
La pampa se ilumina con mi paso)

No recuerdo un solo día sin nombrarte
mi herida mi muerta mi lejana
Ya no puedo regresar al viejo cuerpo

SOY EL NUEVO CIUDADANO DE LA MUERTE

Soy la patria del dolor y su cuchillo


(Del libro Lázaro siempre llora. Santiago de Chile, 1985)

 


*

Marcadas esas cartas sonreía
eras bastos copas peces
al otro lado exactamente
del mundo encima abajo
¿dónde estaba aquel preciso
centro de la tierra?

Marcadas esas manos
tocando el filo extremo de la llaga
hundiéndose también en las palabras
quietas ya Sin su llamada
Eran otros los espejos las murallas
marcadas nuevamente por sus pies
condenados nosotros a lo errante
¿dónde estaba aquella calle
qué ciudad la repetía?

Calladas esas cartas
calladas esas manos
de polo a polo largamente
Música callada

(A Josep-Ramon Bach)

 

 

*

.....................(Adriático en Dubrovnik)

Este mar este mar Este Mar

Único perfecto conjugado
navegándose perpetuo en su descanso
ceremonia rito de lenguaje

He aquí el rostro de las horas
el brazo que recorre y no respira

(Yo he visto como el sol en su cadencia
adivina el arrebato la partida)

Argonautas que regresan con manzanas
lirios islas en las manos
y el peso de mis ojos en su viaje

Aquí el mar completo en su desnudo
frágil terrible cuerpo entero

Aquí converge el sueño por su sangre
y rompe el sol su centro presentido

(A Jaime Siles)

(Del libro Ejercicio del decir. Santiago de Chile, 1989)

 

 


Danza Macabra

Dios nunca juega a los dados,
pero los carga de muerte.
Dios nunca juega a las cartas,
aunque a su hijo lo cuelguen.
Dios ya no lee las manos
ni traduce cenizas.

Dios tan sólo bosteza
mientras la danza macabra
nunca se acaba en la sangre.


(Del libro Verbo. Santiago de Chile – Buenos Aires, 1991)

 

 

Retrato bajo la lluvia

Escribo la palabra enamorado
en el aire, quizás en la cortina
y esa luz abriéndome el asombro
escribe ya perdida y yo perdido
escribo entre las diez y las catorce
en medio de estas nubes, repetido
para verte de una vez perfectamente
como agua recortada por mis ojos.


(Del libro Vicio de belleza. Santiago de Chile, 1992)

 

 


Oráculo

-No hay azar más claro que el iris de mi ojo,
pregunten a los hijos que van llorando tierra,
deténganse en el mar a respirar su vuelo
si el sol es transparente y gime y no aparece.

La adivina cierra sus ojos y crepitan
los dientes y su lengua, malhumorada, seca.

-La rueda vuelve siempre al centro de su cielo
y todo se detiene y habla y permanece.

-Desnuda en el desván irá tejiendo siempre,
tal vez nunca regrese su amante de la guerra
y bailarán los años y sin reconocer
los trozos de metal, la columnata, el mar.

-Después veo silencio y un grito despiadado.
La sangre descubrió su propio peso hueco.
Más allá un incendio y el caballo cónsul
y mártires que huelen a gloria antojadiza.
...Hay nubes en mis cejas y peces,
hay planetas...
Puedo ver la huella cómo se desfigura y cae.
La luna se avecina, el ángel se avecina.
Dos mil campanas hieren, se clavan en mi oído
y Jericó se rinde y el águila perece
mientras el toro huye detrás de los leones.

Penúltimas noticias, los heraldos corren:
Ha caído Roma, Tenochtitlán el Cuzco.

-Otra vez el llanto recorre mis anillos.

-La policía aguarda detrás de las murallas,
no hay escapatoria, me arrastran con azufre,
me fuerzan, me condenan, me besan en la cara.

-¡Alejen los espejos, aviven ese fuego!

-El hambre me conmueve y siento como vuelan
los cuervos en mi boca, enloquecidos míos.

-¡Por qué jamás anuncio lo que se escribe ayer!

...Hay nubes en mis manos,
recuerdo sólo el mar...

(A Gonzalo Rojas)

 


Los videntes

Todos íbamos a ser Rimbaud.
Todos íbamos a ser Artaud.
Todos íbamos a ser Edgar Allan Poe.

Lo que pasa es que ni Verlaine,
ni un poeta menor, ni aquellas líneas
del pequeño escribano de la corte.

Nada, ni en el aire, ni un poema:

Todos íbamos directo al matadero.

 

 

Poema del secreto

Déjame la voz, te doy el canto,
déjame lo oscuro de la noche,
que exista siempre aire entre nosotros,
siempre la alegría del quizá.

Déjame los ríos, el agua, el mar que rompe
ahora,
en medio de los dos
ese inmenso arrecife que recoge
aquel secreto nuestro desde ayer.

Déjame en tinieblas; el sol a ti, la luz.

Yo encierro tu destello en mi garganta.


(Del libro Visión del oráculo. Santiago de Chile – Barcelona, 1993)

 

 

III. Rex tremendae

El Dios que nos inunda en la desgracia.
El Dios de espinas, llagas y sicilicios.
El Dios de la venganza en este ojo.
El Dios que permitió la muerte injusta.

El Dios inmenso, todo, omnipotente.
El Único, la Voz, el Trueno, el Odio.

El Dios que abrió la puerta del infierno:

El Dios que hizo al hombre y a este mundo.


(Del libro Réquiem. Santiago de Chile, 2001)

 

 

Chile

La envidia se desata en este circo pobre:

El domador aúlla y ruge y estornuda,
la equilibrista sueña con tierra firme siempre
y un payaso ordena el mundo entre sus dedos.

La patria se disfraza, cortés, civilizada
en una bendición de dones ya maduros
que enseñan gravemente la luz opaca y fría
del sol sin su destello, sin su calor sereno.

El circo se disfraza, la patria se desnuda,
la envidia nos despierta, nos mueve, nos consume.

La única verdad es la que nos desmiente:

El circo no termina, la mascarada crece,
el bufo, la corista, el fanfarrón, el santo,

todos en la pista cruel y provinciana.


(A Roberto Díaz Muñoz)

(Del libro Memoria muerta. Santiago de Chile, 2003)