ALÓ ALÓ     IV

 

Por Eduardo Díaz Espinoza

 

 

 

NICOLAS FERRARO PANADES

 

 

   Nacido en Pampa Unión, 1921, profesor, narrador, y poeta, fue regidor por la comuna de Antofagasta, condenado al campo de concentración de Piragua, por González Videla. Poseedor de un discurso poético directo, su coloquialidad   toca la ruptura  que causa la crisis salitrera, las angustias que hace aflorara la literatura en el hombre pampino.

 

   Escrupulosa escritura la del maestro Ferraro, abre desde los rajos de la pampa, con el fino bisturí del lenguaje  una violenta verdad. Un artesano que da importancia a cada cincelazo de la realidad. Alguien que ha vivido desde los comienzos, la vida de su pueblo, cuyas ruinas se yerguen hoy en medio de la soledad y el olvido semicubierto de arenas :

 

                    “¡por ahí anduvo mi infancia!

                      Entre estas piedras rotas, secas

                      tan  espantosamente muertas.

                      Horriblemente abandonadas.

                      Casas que son tres muros sueltos,

                      el ojo abierto de alguna ventana

                      y una puerta deshecha que ni el viento

                      golpea cuando pasa.

                      Por aquí, os lo digo con angustia,

                      creció mi infancia…”

                                                            (Tierra Amor, Nicolás Ferraro,

                                                              “El regreso y la furia”)

              

                     

 

   El lector de este poeta, entra a un mundo bárbaro de lo que fue la explotación en el salitre sin prescindir de vuelo lírico alguno. Acotemos que el libro “Tierramor” vivió postergado su “lanzamiento”, ya que fue publicado en las postrimerías de la dictadura pinochetista 1988, y fue entregado al público en 1990. Impedida su circulación por un “rector delegado” cuyo nombre no recordamos.

 

   No cabe dudas que este país  desconoce su poesía y sus poetas, leer a Ferraro es, estar a punto de acercarse, ingresar  más a la realidad literaria que entrañan  poemas emotivamente líricos en  la era del salitre, los zarpazos que acabaron una época y que creó mitos y leyendas, son los  que el poeta unionino revive.

 

   Ferraro,  nos da una épica salitrera, rezumante de su profundo empampamiento, identificación filial con la madre tierra calichera. Son poemas sin complejidad, ajenos a hermetismos.

 

   El poema antológico, “Coplas por la muerte de Pampa Unión”,  reproduce con efecto semántico preciso los vuelcos de historia y paisaje de la pampa:

 

                      “¿Qué fue de aquel, mi pueblo, donde el viento en la tarde

                        bailaba algún minueto por las duras aceras,

                        donde el largo crepúsculo deshacía llorando

                        sus colores más puros, sus luces más violentas?”

 

   En estos poemas la realidades se dan precisas con una voz depresiva y de lamento, tras la ida de un paisaje y una historia bullente y activa, decaída por la gran crisis del capitalismo mundial (1930), y sus coletazos en Chile, decretando la muerte de la industria salitrera.    

 

                       “Habría que llorar. Llorar a gritos.

                         Habría que ahogarse con las lágrimas

                         Correr sin rumbo, inesperadamente.

                         Arrancarse la piel y las pestañas.

                         Entre estos muros  rotos

                         soñó mi alegre infancia.

                         Caminaron mis cálidos amigos.

                         No me olvido jamás de donde estaban.

                         Aquí vivió don Josecito.

                         Allá Pedro Ramírez me curaba.

 

                          Aquí se imprimió el diario de Luis Rojas.

                          Allá reía Pedro Matta.

                          Aquí estuvo la tienda “La Paloma”.

                          Allá mi padre y su farmacia.

                          Aquí mi abuelo puso un cine.

                          Allá “la Berta” tuvo casa.

                          Aquí jugamos con las primas.

                          Allá Manuel cojeaba.

                          Aquí golpee a David con una piedra.

                          Allá besé a la Juana.

                          Aquí mataron a Espinoza, el viejo.

                          Allá estuvo el colegio y su campana.

                          De todas partes brotan los recuerdos,

                          las risas, las caricias, ciertas lágrimas.

                          ¡ Pero hay que buscar en los escombros

                          para saber de qué se trata!

 

                                                                                 (Tierramor, Nicolás Ferraro,

                                                                                   “Brotan los recuerdos” pág. 25)

 

     Poeta canónico por la fuerza de su autenticidad, encarna el tiempo que le fue dado vivir, no quita ojo a nada.

 

     Vive el poeta una relación con su pueblo, que sólo es un nombre, un fantasma que aporta un punto en la geografía del recuerdo: Pampa Unión.  Un mito que alza sus murallas derruidas como brazos clamantes al enorme firmamento y soledad pampinos.

 

      Toda una vida en la que soñó y pensó, su pueblo “desapareció derribado en el polvo y en el olvido” (Nicolás Ferraro, entrevistado por el “Eco Pampino”)

 

       Pampa Unión, el espectro de una pequeña ciudad golpeada por el sol, a cada momento él, Ferraro, siente la pampa:  “un cascarón sin contenido”, le conmueve su decadencia y muerte.

 

       Pampa Unión, revivida ahora por Hernán Rivera Letelier en la novela “Fatamorgana de amor con banda de música”, ese poblado  “de la pampa cuya aparición en el escenario nortino es consecuencia de un proyecto acariciado por el médico Lautaro Ponce Arellano” (Pampa Unión: Un pueblo entre el mito y la realidad”; Juan Panadés Vargas –Antonio Obilinovic Arrate, 1988) Sin embargo es ya el espectro de un pueblo  carcomido por la soledad más fantasmal de la tierra.

 

      No hay dudas, Ferraro siente la pampa salitrera, le conmueve su decadencia, en su poesía la pampa ocupa el centro de la escena, una voz personal introspectiva, movida por el afecto íntimo hacia su tierra.

 

      Un poeta totalmente lúcido, vamos por su poesía recorriendo un  espacio por el cual uno va de un lado a otro deambulando y sentimos el paisaje que se recorre, el hablante inserto en ese extraño paisaje como de otro planeta.

 

      El poeta en su obra ha ido a un primer plano de esa realidad que fue la decadencia de la era del salitre, ahí está el desafío en las nociones de tiempo y espacio apuntando, enrostrando la muerte de los pueblos salitreros a los responsables de estas ruinas cuyos nombres Chile venera.