ALÓ ALO  VI

RODO VIDAL

 

por  Eduardo Díaz Espinoza

 

 

   Mientras allá por diciembre de 1930 Jesucristo y los 12 apóstoles han declarado: Si no lo ponen en libertad RESUCITARÁ a los muertos.  El poeta, Rodó Vidal hacía de las suyas, el poeta, se perdió como tantos otros escritores nortinos tras los enormes mantos del olvido que lanzó la crisis salitrera.

 

   Por cierto que el mentado “Jesucristo” era nada menos que Domingo Zárate Vega, nacido en Hierro Viejo y más conocido como el “Cristo de Elqui”.  Este zarrapastroso personaje tenía su cohorte formada por 12 individuos y su  “madre”  una muchacha llamada  Adoración Rivera de 17 años, vecina del pueblo de San Isidro que vestía traje blanco, manto celeste y una corona con adornos de color de oro.

 

   El mentado Jesucristo amenazó con elevarse al cielo en caso de que alguien tratara de quitarle la túnica no sin antes dejar la escoba resucitando a todos los muertitos del valle del Elqui, San Pedro, San Pablo y San José, (poblados que viven ya el olvido de su santa gloria), tras pedir permiso para realizar su cometido al Intendente, Gobernador y Alcaldes.

 

   Pero y ¿Rodó Vidal qué?  Nuestro poeta por cierto hizo de las suyas en sus merodeos bohemios por las noches antofagastinas, no menos milagroso que el mentado Cristo de Elqui, Rodó invitaba desde su casa, recinto amatorio y lugar de curiosas juergas y abismantes movimientos de cadenas y finados por los alrededores de las calles 14 de Febrero y Uribe  a que se asomaran a ver “el tremendo incendio que se iniciaría algunos momentos más”

 

   Un incendio voraz destruía luego media manzana.

 

   Mientras viajaba detenido a Coquimbo; el Cristo pedía a gritos que lo crucificaran.

 

   En Antofagasta el poeta Vidal escribía en el Industrial del día 27 de noviembre de 1930 su poema  “A una muchacha de mi barrio”  no olvidemos que Rodó es uno de los poetas que figura en la hoja antológica de Andrés Sabella  “Carcaj”, lanzada por esos días desde un avión con alas de lona. Veamos los versos de Vidal:

   “¡Qué triste que pasas muchacha del barrio/ del barrio bohemio de mis dieciocho años!/Sedante y tranquila caminas, dejando/un suave perfume. Tus bucles castaños,/mecidos a la leve caricia del viento,/sollozan callados así como un lamento;/fru-frú de tu pena… Parece que fueras,/con esa nostalgia que oculta llevaras,/la niña bohemia de aquellas quimeras,/de aquellas… rosadas de mi vida clara…”

 

   La beneficiosa década del treinta nos aportaba al Norte, “Garumas”, de Julio H. Iglesias versos con prólogo del Dr. Antonio Rendic, editado por Imprenta y Litografía Skarnic de Antofagasta,  la iquiqueña María Monvel (Tilda Brito) nos dejaba “Sus mejores poemas” editados por  editorial Nascimento y varios otros autores inscribían sus rúbricas en otros tantos libros.

 

   Rodó Vidal, dejó inédito un libro de poemas “Acordeón Ultraico”, el poeta fue un hombre de vanguardia que caminó junto a Agrella, Salvador Reyes en andanzas vanguardistas, su poema “Ambulancia Blanca”  que figura en el sabelliano “Carcaj” es toda una demostración de su osadía vanguardista y avanzada literaria. No olvidemos que los impactos coyunturales ocasionados por la situación de crisis económica internacional iban a golpear trascendentemente en la cultura y en especial en la literatura nacional. La desmapochización iniciada por Huidobro, Mistral, de Rokha y Neruda universaliza nuestra poética.

 

   Rodó causó impactos enormes en las jóvenes antofagastinas, muchas de ellas dejaron en su cuchitril para la memoria histórica de uso de la cama poética, sus coloridos calzones que ondeaban en una soga muy especial que el poeta tenía para sus trofeos. 

 

   Armó una feroz zalagarda, chivateo tal, que casi se viene abajo la galería del teatro Latorre, al llegar con su vistosa capa de poeta y soñador a coronar a la reina de las fiestas primaverales del año 30, pero en vez de coronar a la que verdaderamente había ganado el trono de esa singular fiesta de belleza, coronó a una nada que ver y la algazara fue tal que todos salieron a la caza del poeta con el fin de lincharlo, pero no faltó quien lo sacó disfrazado de arlequín y así salvó su poco pundonorosa vida.

 

   Dicen que sus ultimas picardías las desenfrenó en la “Antoñaña”  y boliches de la calle Bandera en Santiago jugando al corre que te pillo con una hermosa puta de esos bares.

 

   Pero, Rodó Vidal ha quedado en los archivos del recuerdo literario de Antofagasta como uno de nuestros cálidos poetas, de esos que no necesitaron nada más que de su poesía  para pulsar las cuerdas de una lira de oro en el parnaso del Norte Grande.

 

   Y con él los nombres de Fuster Morris, Raquel Gutiérrez, Mauret Caamaño, Volney  y otros de los cuales  iremos escribiendo.