ALEJANDRA PINTO (Santiago, 1969): Profesora de filosofía y también traductora. Vivió en Bélgica y España desde temprana edad. Actualmente ejerce su profesión. Fue editada en Mendoza, en una editorial autogestionaria.

 

no estoy muerta

no estoy muerta
ni enrielada
la avidez de lo vivo
la intransigencia
de lo que soy
la radicalidad
que nutro a mi pesar
suaves letras
dichas al pasar
una letra muda
una canción sobre la lluvia
como moja el agua
el sueño de mis amigas.

 


luz

ando pendiente de los juegos
de la luz
de cómo el vidrio empañado
se ilumina de repente
contrastando con la noche

señales de que avanzo
al menos me muevo
de ahí a inventar motivos
hay sólo un paso

que se deslice la luz
por las rendijas
que inhale sospechosa
los abismos.

 

 

quema

la soledad quema
y abomba el cuerpo
lo hincha de licores
desperdiciados
de reflejos temblorosos
entre las paredes del alma
de espirales sonoras
en las que me absorvo

 

 


hijos

temo equivocar las redichas
y alejarme de lo que escribo
siempre se vuelca algo ajeno
siempre esta distancia de tí.

eres un pequeño “tú”
un “tú” casi sonoro
casi inexistente
un “tú” diluido
que se alza y agazapa
en sus cuentas y dedos

entre los dos
están ellos
los pequeños
que anhelamos
nuestros hijos
inexistentes
que no quisiera
ver convertidos
en momias de chinchorro
con plumas en el alma

nuestros hijos vuelan
por los párpados
rápidos
de mi sueño
y se acunan a dormir
dóciles y sonoros
en los pliegues de tu alma.

nuestros hijos nos hablan,
me hablan, de tu distancia
que ratos se vuelve
la máxima proximidad
de la pena

yo les cuento del deseo
de que quisiera estar
muy junto a tí.

las madres del mundo
que se unen
y yo que tengo hijos
pero inexistentes.

 

secretaria

la ciudad mendiga sol
para sus heladas calles
no hay que rendirse ante el viento
hacerle cara para que conmueva
la carne
la movilidad
los lustros añosos
de mi capacidad de aguante

 

estrellas y bengalas

espero no confundir las estrellas con bengalas
ni los disparos con el hambre
ni los renglones de este cuaderno con los andamios de la calle

aunque me arme y me construya en letras
e irrumpa una ovasión ante un gol de ciudad chica

 

 


inventario

las piedras que guardo
en mi molino interno
los ruidos que se escurren
del verano
las puertas que retumban
en sótanos inexistentes
todo lo callado
las películas que no observo
una pelea de gatos
enfermos de territorio

como se descomprime el mimbre
la creación de los espacios
la importancia de lo interno
una buena iluminación
cómo encamino mi vida
a pesar del tedio
el bullir del silencio en mis oidos
mi ocultarme tras los velos
la mano incansable
mis suspiros
lo que no quiero nombrar
las lágrimas guardadas
el pasado que se vuelve liviano
lo que cargo
los perros desgarrando bolsas
de basura
mis primeros poemas

los colores del hielo
las tonalidades del azul
lo que combina
el miedo a lo que vendrá
mi indecisión
la tensión
lo que escribo
lo que como
lo que duermo
mi mar.

las pequeñas heridas
hechas con el papel
lo que perturba el sueño
el ruido del refrigerador
un inventario
el lunes que me espera
mi hígado resentido
los nudos del vientre
el frío
lo que suena

 

 

domingo

el otoño no perdona
deja deslizar su espalda
plateada
en los copos de avena
con los que me abrigo

no perdona mi ánimo
de (a) mar
ni la tenue sublimación
que hago de todos
mis impulsos
[esos que se retuercen
de puro solos
]

la tarde alada
la tarde de domingo
invade melancólica
[el domingo invade la tarde,
melancólico
]

en esta calle de casas
que se estrechan al llegar
al cielo

esta calle que permite
circular pasiones
de noche
en el día niños
que arrancan
y cuando llueve
perros corriendo
haciendo sonar
sus patas
mojadas

hace unos días
descubría que no había
a quien llamarle “tú”
en mis letras
aquél hombre
amado
no cede
no tranza ser dueño
de sus apariciones
y así sea
y amén
no hay más tensión
a la que deberme
que esta que escribo
dejo de lado
lo que no me sale
al encuentro.

intento de robo

cuando las puertas no resguardan
cuando cruzar el umbral
para vulnerar la entrada
está sólo a un empujón de
hombre-hombro

cuando el diablo irrumpe
sobre los estambres
sobre los velos
sobre el celo del cuerpo
sobre la torre de marfil

golpean las algas húmedas
mis intersticios y recovecos
para abrir mis gemidos
y gritarme, salina,
que no estoy sola
que debajo mío bulle la tierra
gime la noche, la luna o el mar

destila tristeza una vela opaca
mueren un poco los anillos
en mi corteza.

 

 

una semilla entra volando

por mi ventana ultrajada
entró una semilla
quiso anidar en mi ropa
en la cama de mi impostura
pero cedió la nieve
la inundó con su manto
sediento
y reposó tan sólo un segundo
en el que prometió
lo callado.

 


heráldica

si de verdad fueras libre
y las lanzas quijotescas
se nos doblaran en la mano
cerraríamos blasones y lunfardos
esperando el advenimiento del amor

pero nuestra heráldica herencia
nos perturba
nos obliga a transitar
entre señales luminosas
nuestros límites y fronteras

desde ellos hablaremos de submundo
de desencuentro
de torpezas
incluso de elegancia
porque nuestro heráldico nombre
nos tiñe de orgullo
nos acompaña
nos pone a llorar.