DANIEL ALEJANDRO GÓMEZ (Argentina): Actualmente vive en España. Estudió Letras y Análisis de Sistemas. Ha publicado en antologías y periódicos. También en varios libros digitales. Suele colaborar con diversos medios electrónicos (Badosa, Oxigen, Almiar, Al margen, Mecenas, Poesite, El ateje, Liceus, Escaner, La casa de Asterión).

 

 

 

 

 

VIENTO DE ACERO

 

El tren,

como un viento de acero,

segando las alas de la piedra,

las altas torres flotando en plástico y vidrio,

que sobrevuelan las nubes grises

de la ciencia.

Las vías deslizan,

larga y rígida, a la serpiente reptando

los hielos inanimados de la ciudad,

y las esmeraldas que nievan los follajes

del campo.

Se aleja, como el tiempo que se ama.

Acercándose, igual que el día malvado, angustioso.

Estación tras estación, sudándole besos

al olvido; y las lágrimas, desnudas

en las miradas; manos que saludan,

semejando flores agitadas por la confusa brisa

de lo humano. Las roídas horas de los rieles

se desmigajan como los banquetes

de hartos estómagos, de trémulos vinos

en los labios de la poesía. El sol y la luna

conocen su tacón de hierro,

la química resinosa del férreo aliento,

los continentes en las huellas

implacablemente largas; en los andenes, pues,

quedan las almas; miran lluvias y granizos,

que ya no pueden con el respiro metálico

del tren. Sal que sopla del mar

hasta el cobertizo de las almas viajeras.

Ni lejanas y pálidas manchas nivosas lo turban:

Saluda los saludos de la nostalgia.

Todos esperan en los andenes impertérritos.

Horarios de ojos, de risas y de lágrimas.

Noches y días…

Pero el tiempo nuestro

es vencido por otro tiempo de viento, de acero.

   

 

 

 

 

PESCADOR DE LUNAS

 

Desconsoladas olas

de dulce miel morena,

tocando con besos de arena

los juncos, agujas de la orilla

hilando la cansina y nublada majestad

de la brisa.

Un pescador de turbulentos

ojos insomnes, los cabellos

en largas penurias castañas,

arrojó su ansiedad en el sedal

de sus hambres.

Desconsoladas olas.

Paseando sus fangos oscuros,

el río deja el insulto de una sombra

en la arena charra y cimarrona.

Piedad para el pescador; el cielo

le desciende

limosnas de sangres y de oros.

Tarde bondadosa, relojes de luz

velando pálida la luna.

Crepúsculo que nada tatuado

en la escama fugitiva del pez.

Una red de poca fortuna al agua,

entre lentas espumas de plomo.

Desconsoladas olas…

Llorando en la red vacía.

El anzuelo está desierto, el río

suspira, nocturno, en los aceites

de un oleaje plateado.

Mi pescador lleva a sus espaldas

la seca red y el sedal derrotado,

y la noche

ya le guarda su plato de luna serena,

de hambre blanca.

 

 

 

 

 

POESÍAS EN SUS LABIOS

 

Cabellos de liso cobre,

desnudos en mis manos desnudas;

ella, como un dibujo de marfil

en el sangrante lápiz de sus besos.

Y tus miradas parpadean en mi cuerpo;

ya las amadas manos poseen mis almas,

ya tus ojos en los míos han llorado…

Y la luz del día

nos viste el júbilo de la carne

que goza el sufrimiento del amor.

Veo sus senos en las rosas,

y la pálida piel donde le brilla la luna.

No digas, así, que no te oigo;

pues está en las arpas de tus labios

el ardiente yugo de mis poesías.

 

 

 

 

 

LAS OLAS EN LAS PIEDRAS

 

Mar verde donde brilla el sol,

como una miel de untuosas algas,

reluciendo sus puntos con estrellas de oro.

Horizonte meditabundo, aire de soledad sin tacha;

sus aguas rizadas, cuajadas de brisa incivil,

rompen en las impávidas piedras.

La bruma lejana del puerto

tiene sus gaviotas de ceniza,

y la humana tristeza; el arte de los números

y los cementos sagaces, sus grúas de impasibles

hierros, de hercúleos navíos noviciamente coloreados,

aguardando

los desesperados tormentos de alta mar.

Las rocas, con sus siglos desnudos,

semejando los huesos de un gigante desollado…

Huesos que poseen las olas

que les ofrendan sus heladas flores

de esmeraldas y de sal.

Mar verde, tarde azul como zafiros

ricos de ventisca gélida;

nubes blancas igual que iglesias en el cielo,

abundancias de los remotos oxígenos del océano,

abandonados por la brisa

en la cripta pétrea de las orillas;

y sus cangrejales y almejas escanden

la poesía lluviosa y rugiente de la mar.

Veo la lisa desnudez, pulida por las amargas manos

de oleajes geológicos. Adán ha llorado;

palabras ardientes de sus ojos se murieron

en la tácita compasión

de esta costa,

con sus roqueños y ásperos mordiscos.

Los restos del gigante sueñan el sol,

en nuestras horas ya opacas,

con las espumas del ébano en sus costas grises.

Pero muy adentro, el mar es verde;

sus rayos de ámbar persisten la límpida marejada;

aunque el sabor de la soledad está en mis piedras,

y que su silencio embalsamado

se quede en los severos oídos de la eternidad.

 

 

 

 

 

 

ORILLA

 

Me tiendo en la arena,

el dorado soplo del viento

acaricia las plácidas y rubias olas.

Esta lejanía tiene semblante de soledad,

cielo que respira pálidas nubes sobre mi cabeza.

Tengo el cuerpo poseyendo la severidad varonil;

músculos de los brazos, lamidos

por la sal empapada, las piernas extendidas

en las gotas marmóreas de la espuma.

Mis manos atrapan el viento azul,

rico de transparente corporeidad,

del yodo savioso que exhalan las eternas marejadas,

que sirvieron a las huellas de Colón y de Ulises.

La piel del poeta está cubierta de bronce,

semejando la estatua, un sol en plena carne.

Los ojos se me llenan de lágrimas en luz,

como diamantes que sudan de mis mejillas al cuello,

y los cabellos ejercen las fantásticas curvas

de la brisa viajera, que tiene todas las razas

y los colores y los siglos del aire, y el crepúsculo

ya está cubriéndolo todo con un vino pausado,

de báquica quietud; carmín, gaviotas

brillando una rígida sangre de rubí.

El bello silencio del crepúsculo, los rojos furtivos;

horizonte que urge su purpúrea cadencia a lo lejos.

Le concedo mi trato; juego con el aire de saladas

especias, exudo mi voz

entre la arena que está suplicando la luna.

Me callo al fin, solamente espetado

por el crujir del oleaje; aguas blancas y negras;

la noche y las estrellas,

que la espuma bebe junto mis pies.

 

 

 

 

 

 

EL PIBE DE LA ESTACIÓN

(Cuento)

 

Pensó que, si Dios existía, su tío nunca habría de permitir que se fuera de la casa. Este pensamiento le dio un hálito de potentes esperanzas mientras recogía sus escasas pertenencias-algunos billetes, un reloj viejo, un hato de ropas-y las ponía en el bolso. Su tío no decía nada. Él espació cada uno de sus movimientos, como si a sus músculos les hubieran echado un chorro de plomo. Su tío sostenía una calma cruel. Se detuvo ante la puerta, aguardó, nunca supo cuántos segundos, solamente me dijo que todavía le duran.

Jamás escuchó un silencio tan profundo como el de su tío-el hermano de su padre, el hombre que lo había criado a pura vara-; y luego abrió y cerró la puerta. Hombre de doce años, me diría. Luego miró el cielo; Saúl sintió que faltaba algo allá arriba.

Ya no le importaba. Había nubes, debía guarecerse. En la estación del ferrocarril, no muy lejana, pensó que habría algún banco propicio a esas horas de la noche. Pero los bancos estaban llenos de mendigos. Sus miradas fieras y experimentadas le causaron pánico. Entonces salió del andén, que tenía techo, y, como al fin y al cabo no llovía y parecía despejar, se fue al kiosco, el que estaba junto al bar, en la calle que daba a la estación. El kiosco de diarios ya estaba cerrado. Desde allí, acurrucada la cabeza en un pantalón viejo que había traído en el hato, veía las poquísimas personas que en aquellas horas estaban yendo al andén. Escuchó el ruido del tren, melancólico; con un aire de soledad que venía de lejos y que iba también hacia lo lejos como la misma soledad. Lo oyó una, dos veces. Luego cerró los ojos. Al abrirlos, ya por la madrugada, se encontró con Jaime, el diariero:

-Esta calle tiene una inclinación hacia la estación. Yo siempre dije que era por eso que la mierda siempre se venía hacia acá.

Lo conocía. Pero en ese abrupto desprecio, que leyó bien en los ojos que lo estaban mirando, cayó en la cuenta de lo que era para la sociedad: un vagabundo. El hombre no se llevaba bien con su tío; por demás, jamás Saúl le había dirigido la palabra, jamás Jaime le había hablado a él. Una vez, recordó, había preguntado a su tío por la edad de “ese pibe”.

-Ya me voy, Don Jaime.

Lo primero que supo de un vagabundo, o sea de lo que ahora era él mismo, es lo precioso que es un banco, y la importancia incalculable que tiene el clima. Las personas normales, pensaba, comentan que hay lluvia, pero solamente porque tal comentario resulta útil y social para una charla. Pero para los vagabundos la lluvia es un crimen, una barbarie de la naturaleza. Los bancos bajo el techo de la estación eran muy solicitados; había que ser recio para conseguirse uno, y alguno lo decidían las navajas o los puños. Saúl se fue acostumbrando a los mendigos, y estos hombres agrios y reservados le dejaban dormir en el andén, bajo el techo, pero siempre en el suelo, mientras ellos combatían los anhelados bancos libres. Algunas veces, Saúl alcanzaba el prestigio de algún asiento que quedaba vacío. Jamás el sueño le parecía tan sabroso como entonces.

Una tarde ya oscura, en el bar cerca del kiosco, donde le habían dado el café con leche de la piedad, Jaime lo encontró:

-Viene el tren. Ya es la hora de los diarios de la tarde. Van a gritar “Jaime”, y dejarán los diarios en el andén.

El hombre se retiró, dejándole al muchacho en un clima hostil pero misterioso. El grito de “Jaime” se escuchó, nítido entre la brisa negra. Eran muchos periódicos y Saúl tenía que hacer bastante esfuerzo.

-Tenga, Don Jaime.

-Te expliqué lo de los diarios, no te expliqué lo de que hablaras.

Dos o tres billetes se convirtieron en un buen desayuno a la mañana siguiente. Por la tarde había lloviznado; Saúl resbaló en el andén, luego de escuchar otra vez el grito, y se rompió un tobillo. El diariero cerró el kiosco y lo llevó al hospital. Mientras lo atendían, y, después, cuando volvían a la estación, el hombre no dijo nada, excepto:

-Tenés que curarte. Yo vivo solo, no vas a molestar en mi casa. Y no me des las gracias, cuido el negocio.

Estuvo tres semanas en la casa, encerrado en los tristes aromas de la vejez solitaria. Rengueando, volvió a la estación del barrio. Siempre llevaba los diarios de la tarde hasta el kiosco, siempre recibía la paga.

Yo aguardaba algo, me diría Saúl, años después. Pues el cielo parecía solamente el lugar de las lluvias, del frío criminal.

Un día, como por casualidad, Jaime le dijo:

-Soy muy vivo. Sé que mientras no estuve en casa, nada robaste. El turno es por la tarde. No quiero salidas en los horarios de trabajo, ni minas, ni que me hables.

Saúl comenzó a trabajar por la tarde. Primero dormía en el suelo del andén, por las noches; pero después Jaime se lo llevaba, taciturno, a su casa; le daba los crípticos cariños de unos mates o algunos caramelos.

Al año, los mates y los caramelos ya venían con palabras. Posteriormente aquella estatua inhumana se conmovía con risas, como bronces desdentados. Saúl había cumplido trece años ya.

-Vos tenés que empezar la secundaria. Sé que contás trece años. En la Universidad de la calle aprueban todos, porque no hay exámenes. Yo quiero a un hombre en mi kiosco.

Entonces Saúl sintió una conmoción ineludible. Un sentimiento cálido pero temeroso a la vez. Una pregunta que su silencio ya no lograba saciar.

-¿Porqué?

El hombre se quedó un rato quieto, reuniendo memoria. Rejuntando los trozos fugitivos de su soledad.

-Era mi único hijo, con trece años. Iba a empezar la secundaria.

Después agregó:

-No nos llevábamos. Acaso me pasé con los palos. Pero dicen que lo del tren fue un accidente. 

 Puedo decir que Saúl es un hombre todavía. Pero más que a los doce años, aunque menos por macho que por letras. No es muy buen abogado, “peca” de honestidad. Pero me dice que lo hace por respeto a una memoria. Se quedó muchos años en el horario de la tarde; al fin él mismo tuvo que cerrar aquellos ojos, cuyas nostalgias dolorosas le regalaron un padre. Y Dios sí existía. Lo vio en un hombre de pocas palabras, en un kiosco de diarios, cuando el cielo parecía vacío.