DOS CUENTOS

 

Por Nelson Gómez

 

 

EN UN BOSQUE DE ROBLES, CANELOS Y COPIHUES

Si no estuviera muerto, añoraría los prodigiosos bosques sureños y a la  india Juni, que malditamente sola me parió sobre la húmeda hojarasca, asistida por frondosos robles, canelos y copihues. Ante mis primeros bramidos se asomaron varios nubarrones curiosos, la savia vegetal apuró su latir y el sol se hizo el sordo. Natural como el aire, nací huacho y con  apodo: “ la cría del afuerino”.

Cuando murió la Juni, yo era un niño de seis años, solo y desamparado; no me quedó otra que trabajar de mandadero, y así pasé por casi todas las casas de Tirúa; hasta que, una mañana, aburrido del hambre huí a Temuco en busca de mejores pagos y “claro que los encontré”. Allegándome a la casa de los Millanao, esa misma tarde me invitaron a una marcha de recuperación de nuestras tierras. Salí dispuesto a luchar por la dignidad de mi pueblo y, de tres lumazos me quebraron un brazo; los policías me dispararon tres, seis ocho veces; arrastrándome llegué a la cumbre del Ñielol y me abracé al rehue. Rompiendo los cielos apareció la Juni montada en el Puelche y alzándome con ternura, y pesar, me devolvió al lugar que guarda mi placenta. Me acurruqué en la hojarasca...

¡Ay, si no estuviera muerto!.




ÉCHAME ACÁ ESAS PAJAS

-Échame acá esas pajas- me ice, mientras mordisquea la hierba, se acurruca y pone los ojos güeros...

Si verla ahí noma echá y se me arregüergüeran las penas. Como icía mi taita:-Las malda’es y los malos humores suben de la guata, las güenas acciones y los pensamientos caen de la cabeza. Tan relinda que era la Venustia y a poco de llegar aquí se me pasmó de viaje; de un repente se le
acabó la risa que no le cabía en la cara. El tú y el yo solos los parecía poteósico. Que importaba que los ijeran arrejunta’os; que los viejos de la Venustia los echaran de la casa; que la agüela Menche se santiguara al verlos. “Así es la vida”, dijo alguien. “Ya verán lo que es canela”,
amenazó otro.

Tu’imos que arrancar de Huara; embelesa’os pasamos las primeras semanas: besitos pa’cá y cariñitos pa’llá; comíamos lo que pillábamos, derreseguro frutas silvestres; de a poco nos juimos a’entrando pa’la cordillera y el frío los bajó la calentura de un zuácate; hartazos calichales recorrimos buscando un techo pa’guarecernos; hilachentos y llenos de rajuños-por los chañares-, pensando en una sopita calentita los apretujamos debajo debajo d’éste alerito. Al otro día, retemprano, salí a curiosiar y me encontré con que los habíamos dormi’o en un viejo gallinero; a un costa’o, los cimientos de lo que jué una casa, ma’ allá, cercas, paja brava y matorrales salvajes; boñiga de alpaco por toititas partes, mas ni un alma en pena; dentre las matas de orégano encontré unas espigas de trigo, junté unos puña’os de granos y llené mi sombrero, silbando un guanió volví onde la Venustia.

Desmejora’ona la encontré pu’; con un coirón le chicotié el cogote hasta que se despabiló; derreseguro que después de un baño, sin malos olores y lagañas, volvería a ser la de antes.

-Arri’a Venustia, que llegó la choca, le grité en la oreja. Entre restregares de ojos, me contestó:-Ya pu’ Procopio, éjese e lesuras. –Si es verdá, cholita, vea lo que le traigo. Ella miró mis manos, y refunfuñó:-Chís, pura payasá nomá. A lo que le contesté , entre risas:-Esto es to’o lo que encontré, pu’, ¿qué queriai que juera a encontrar? Comamos ma’ mejor antes de que se los enfríe...

Se encuclilla y encoge los brazos, agita los codos y puja.

Al llegar lavamos las pilchas en un salto de agua, los dimos un remojón y, dale con el jueguito de los empelota’os; en la orilla tomamos sol; los reembobamos hablando de comi’as ricas y, dale otra vez. Ya pa’ la noche, bajo el alero, habíamos arregla’o unas hojas de algarrobo pa’ colchón y tapas; esa noche dormimos calentitos y a pata suelta.

Puja, puja hasta ponerse colorá...

Entre correr por los bofedales, hacerle el quite a la puna y ordeñar cuanta mata se me ponía por delante se me pasaron los días, y así se nos pasó un mes o dos.

Se arrellena y puja; su piel se llena de puntitos...

Como de un mazazo la Venustia se vino abajo; le molesta la luz, no come ni aguanta que me le acerque a su la’o; con la mira’a fija y ahueca’a, no contesta y se enfuruña con mis arrumacos.

Me pasié como loro en el alambre, eché maldiciones, garabatié pa’l mundo; tiré patás al adre y ná, la Venusti estaba como i’a.

Tirita y da un suspiro, se rie y me mira, ladea el anca y...

-¡Oh, Venustia!

-¡Sí, Procopio!

-¡Cómo pu’iste poner un güe’o!.